¿Una dictadura beneficiosa?

Gian Paolo Accardo

Esta semana ha venido marcada por la publicación a cuentagotas en los principales periódicos europeos de los “cables” internos de la diplomacia norteamericana revelados por WikiLeaks. Entre otras cosas nos hemos enterado de que, en su opinión, el jefe de gobierno español es un “trasnochado romántico”, aunque no tanto como su homólogo italiano, que la canciller alemana parece estar hecha de “teflón” y que el presidente francés es algo “susceptible”. En fin, nada que no supiésemos ya.

 

 

Lo más interesante han sido las reacciones que han suscitado estas revelaciones. Desde un punto de vista político la condena ha sido unánime y global y se ha ido caldeando a lo largo de la semana. En la prensa y entre la opinión pública hay diversidad de opiniones, la primera de hecho oscila entre el entusiasmo provocado por el maná informativo y la irritación derivada de la imposición a los medios de una agenda propia.

Desde un punto de vista más general, surgen dudas sobre las verdaderas razones que han motivado a la organización de la que Julian Assange es cofundador. Algunos no están convencidos de que la operación vaya a servir para lograr la paz en el mundo y entienden que el secretismo de la diplomacia sirve para favorecer la eficacia de la misma y es un símbolo de la razón de Estado. Además temen que a partir de ahora las cancillerías tomen todavía más precauciones. Se ha denunciado la existencia de una “dictadura de la transparencia” y se ha a llegado a afirmar incluso que “no sirve de nada que el público conozca ciertas cosas”. Resumiendo, no conviene que el emperador se pasee desnudo y todavía conviene menos decir que lo hace.

Por otro lado, otros se congratulan del “Cablegate”, que consideran un símbolo de transparencia, un corolario indispensable de la democracia. Los ciudadanos tienen derecho a conocer las actividades de sus dirigentes y estos últimos tienen el deber de no esconderles nada. Tal y como explica The Economist, “las organizaciones como WikiLeaks son el mejor método con el que podemos esperar contar para promover el clima de transparencia y de responsabilidad inherentes a una democracia liberal de verdad”. El emperador tiene que pasearse desnudo y además hay que procurar que lo haga.

No es sorprendente que los países “latinos” hayan reaccionado de la primera forma que hemos descrito y que los países del norte de Europa (no nos gusta llamarles “anglosajones”) hayan reaccionado de la segunda. El “Cablegate” seguramente no va a volcar el actual equilibrio geopolítico, pero al menos tendrá el mérito de haber suscitado el debate sobre las virtudes de la transparencia y sobre el hecho de que, gracias a Internet, a los gobiernos les resulta cada vez más difícil actuar en la sombra y que se les perdone todo.

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