A la Almudena sí, y al altar mayor

Arturo del Villar

LA disputa sobre el lugar en donde conservar la momia del dictadorísi-mo ha tenido una víctima, el nuncio dimisionario del presunto Estado Vati-cano en España, Renzo Fratini. Parece ser que estaba tan harto de escuchar la polémica sobre el enterramiento, que pasó por alto la prudencia diplomá-tica y criticó al Gobierno supuestamente socialista de Pedro Sánchez. En unas declaraciones hechas a Europa Press el pasado 30 de junio apuntó: “Yo digo que han resucitado a Franco. Dejarlo en paz era mejor. Está  de-trás una ideología de alguien que quiere de nuevo dividir a España.” Protes-ta inmediata del Gobierno ante el Vaticano por la vicepresidenta del Go-bierno en funciones, Carmen Calvo, quien se dio por satisfecha con una respuesta que achacaba al exnuncio toda la responsabilidad de sus palabras.

 

 

Es lógico que la Iglesia catolicorromana defienda la memoria de uno de sus hijos predilectos. Y por ello lo es que se le entierre en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, y que además se coloque su imagen en el altar mayor. Es lo que corresponde a quien en vida fue honrado por los papas, cardenales, arzobispos, obispos, abades, vicarios, administrado-res apostólicos, curas, frailes, monjas, sacristanes y monaguillos.
Están publicados libros que resaltan la identidad entre el régimen fascista dictatorial presidido por él y la Iglesia romana. Me limito ahora a recordar los principales momentos de esa conexión mantenida durante toda su vida, aunque es cierto que en los primeros años setenta del siglo pasado, cuando era previsible que le llegara, por fin, la hora de la muerte, algunos curas jó-venes e incluso un abad criticasen suavemente al régimen. De ese modo podría alegar después, en la transición, que la Iglesia se opuso a la dictadu-ra, una de esas desvergüenzas habituales en ella, que no engañan a nadie.  

CELEBRACIÓN DE LA VICTORIA

Durante la guerra derivada de la sublevación de los militares monárqui-cos en 1936, la Iglesia catolicorromana fue beligerante a su favor. El 1 de abril de 1939, cuando el dictadorísimo firmó el último parte de guerra, el papa Pío XII, de probada filiación fascista, envió al dictadorísimo un tele-grama de felicitación y declaración de sentimientos afines: “Levantando nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente con V. E. deseada victoria católica España.” En su respuesta el dictadorísimo le contaba: “In-mensa emoción me ha producido paternal telegrama de Vuestra Santidad con motivo victoria total de nuestra armas.” Eran tal para cual.
Colofón de la cruzada fue la fiesta de la victoria, celebrada por los rebel-des triunfadores el 20 de mayo de 1939, en la iglesia madrileña de Santa Bárbara. El dictadorísimo hizo su entrada triunfal en el templo bajo palio, un honor reservado a la hostia consagrada. Durante la solemne ceremonia más militar que religiosa, ante la imagen del Cristo de Lepanto, traída de Barcelona para la ocasión, el dictadorísimo genocida entregó al cardenal primado, Isidro Gomá, su espada, con la que al parecer había combatido y vencido, como el Cid Campeador, con el que le identificaban los dibujantes servilones, vestido incluso con una armadura medieval para mayor estupi-dez de aquel régimen esperpéntico, pero criminal.

El primado bendijo y abrazó al militar, que desapareció entre sus brazos: alto, grueso y fuerte, revestido con los ornamentos litúrgicos que le hacían parecer más enorme todavía, Gomá eclipsó la minúscula figura del dictado-rísimo. Después pronunció una alocución patriótica que es preferible olvi-dar. Mandó a sus subordinados que colocasen la espada en una vitrina, de-ntro del llamado Tesoro de la catedral de Toledo, junto con las palabras que en la ocasión dijeron los dos caudillos de la victoria, un sacrilegio com-prensible en quien utilizó la cruz emblemática del cristianismo para disfra-zar a todo un ejército sanguinario.
Es contrario a la lógica exhibir armas de guerra en un templo religioso, aunque en la mentalidad de Gomá la guerra librada en España por el fas-cismo internacional contra el pueblo había sido santa, una cruzada en de-fensa de los privilegios eclesiásticos contra quienes los recortaban. Y pues-to que las cruzadas medievales contra los mahometanos fueron organizadas por papas romanos, era imposible poner en duda su religiosidad. La última cruzada fue dirigida por el inútil rey Luis IX de Francia, y aunque resultó un fracaso, como las anteriores, la Iglesia catolicorromana le ha declarado santo. ¿Por qué no va a hacer lo mismo con el dictadorísimo, que también organizó una cruzada y además la ganó?

MILICIANO DE JESUCRISTO

La mayor demostración de amor al dictadorísimo se la dio el filofascista papa Pío XII, al integrarle nada menos que en la Suprema Orden Ecuestre de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo, máxima distinción concedida por el Vaticano, creada en 1319 por el papa Juan XXII. Como su nombre indi-ca, es una orden militar, fundada para premiar a quienes se distinguieran en la guerra santa contra los infieles, siguiendo la norma característica de la secta para extermina a los herejes o disidentes. Ya que el dictadorísimo or-ganizó una guerra para exterminar a los españoles republicanos, bien se merecía ese reconocimiento.
El collar consiste en una cruz de esmalte rojo que lleva en medio otra blanca pendiente de una corona real de oro. Se cuelga al cuello con los em-blemas vaticanos, y en el pecho se coloca una placa con la misma cruz ro-deada de rayos plateados. Además los caballeros visten un hábito lujoso. El breve pontificio dice así, en traducción del latín original hecha por el mis-mo supuesto Estado Vaticano, con el que se llevaba muy bien el régimen fascista:

Pío Papa XII.- A nuestro amadísimo hijo Francisco Franco Bahamonde, Jefe del Estado Español.- Salud y bendición apostólica: Recordamos con cuánta so-lemnidad y concurrencia de fieles celebrábase el año pasado en Barcelona el Congreso Eucarístico Internacional, al que nos consta que las autoridades civi-les prestaron su entusiasmo y colaboración.
Además con motivo del reciente Concordato, celebrado entre esta Sede Apostólica y la nación española, nos hemos congratulado por la feliz termina-ción del mismo y por vuestra adhesión a la cátedra de San Pedro, puesta muy de manifiesto en la elaboración de tan importante acuerdo. De este modo, las necesarias relaciones que siempre existieron entre los Romanos Pontífices y la nación española han sido confirmadas para fruto y utilidad comunes.
Sabemos que éste es también vuestro sentir y el del católico pueblo español, a través de las cartas oficiosas que nos habéis remitido y por las cuales os da-mos las más expresivas gracias.

Y para que podáis recibir el hábito de dicha Orden de manos de cualquier cardenal de la Santa Romana Iglesia, o bien de un obispo católico en comunión con la Santa Sede, concedemos al por vos elegido las oportunas facultades. An-te el cardenal de la Santa Romana Iglesia u obispo por vos designado para reci-bir las insignias honoríficas haréis la profesión de fe en cuanto se contiene en la fórmula de admisión en la Orden de la Milicia de Jesucristo, que mandamos se os envíe juntamente con el modelo de hábitos, cruz, insignia y collar de oro, concedidos por esta Sede Apostólica a dicha Suprema Orden. Inmediatamente que hayáis ejecutado todo esto, os hacemos partícipe de todos los derechos y privilegios que en cualquier tiempo y forma se hayan concedido a los demas caballeros de la Milicia de Jesucristo, no obstante cualquier cosa en contrario.
Dado en Roma, en San Pedro, bajo el anillo del Pescador, a veintiuno de di-ciembre de mil novecientos cincuenta y tres, decimoquinto de nuestro pontifi-cado.- Pío Papa XII.

No se puede esperar de un papa que diga la verdad, porque lo suyo es la falsificación de todo, empezando por la doctrina predicada por Jesucristo. El concordato no se había firmado con “la nación española”, sino con la dictadura antiespañola. Las relaciones de los que llama los romanos pontí-fices se mantuvieron siempre con los reyes, y entonces con el dictadorísi-mo, jamás con el pueblo español. En cuanto al tópico del tradicional catoli-cismo del pueblo español, se demuestra su falsedad sólo con recordar las matanzas de curas y frailes llevadas a cabo en cuanto se presenta una opor-tunidad, como en Madrid el 17 de julio de 1834, durante la regencia de Ma-ría Cristina de Borbón. El pueblo español desprecia a la clerigalla porque lo esclaviza, engaña, saca el dinero, somete a su capricho, tima, impide sus libertades públicas y privadas, amenaza, prohíbe ilustrarse con lecturas científicas, y encima debe contemplar en silencio, hasta que explota, cómo ellos violan a los niños confiados ingenuamente a su cuidado.

LA INVESTIDURA

Los medios de comunicación de la época, sometidos todos a la censura de Prensa y obligados a difundir comunicados oficiales, engrandecieron la no-ticia. Contaron que el acto se celebró en la capilla del Palacio de Oriente el 25 de febrero de 1954, con el fasto habitual en la Iglesia catolicorromana. Al mediodía llegó el dictadorísimo, que vestía uniforme de capitán general de la Armada, acompañado por su mujer, y se situaron en el dosel del tro-no. Asistieron a la ceremonia tres cardenales, el esperpéntico arzobispo de Sión, varios obispos, el Gobierno, el Cuerpo Diplomático, y otros pania-guados del régimen nazionalcatólico.

Comenzó la ceremonia con la lectura del breve pontificio, y a continua-ción el dictadorísimo se arrodilló en un reclinatorio ante el cardenal arzo-bispo de Toledo y primado de las Españas, el superfascista Enrique Pla y Deniel. Se conocían de antiguo: Pla era obispo de Salamanca cuando se produjo la sublevación de los militares monárquicos, y cedió el palacio episcopal para que en él se instalasen las oficinas del dictadorísimo. Su ges-to fue ampliamente recompensado, porque al morir el arzobispo de Toledo, el también ultrafascista Isidro Gomá, el dictadorísimo, que gozaba del pri-vilegio de presentar obispos al papa, le propuso para ocupar la sede prima-da. En esta ocasión lo eligió también él para que le entregase las insignias de la orden. Después de recitar el credo juró el dictadorísimo de esta mane-ra, según la babosa crónica aparecida en el diario madrileño protofascista Abc el día 26:

Prometo, juro y quiero mantener este juramento hasta el último aliento de mi vida, de [sic] que con la ayuda de Dios constantemente retendré y profesaré ín-tegra e inviolada esta fe católica, en la misma forma en que ahora espontánea-mente la profeso y declaro. Y que por lo que a mí personalmente y por razón de gobierno se refiere, procuraré que sea profesada, enseñada y practicada por mis súbditos y por aquellos cuyo cuidado tenga o pueda tener más tarde a mi cargo.  

De modo que nos incluía en el juramento a todos sus forzosos vasallos, que no le habíamos elegido para ningún cargo, sino que se había autopro-clamado dictadorísimo vitalicio después de ganar la guerra provocada por su traición. Y es verdad que el nazionalcatolicismo dirigió nuestras vidas por medio de la censura más atroz en todos los órdenes, sin ninguna liber-tad. El primado le contestó:

Acepte V. E el yugo del Señor, que es suave y ligero. Y lleve de aquí en ade-lante cada día con mayor honor y dignidad esta insignia de nuestra redención, que Nos hoy le imponemos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu San-to.

El acto concluyó con el canto del Te Deum, y despues los principales in-vitados se trasladaron al palacio de El Pardo para comer y beber a costa del pueblo. Se consumó así la inmensa blasfemia de nombrar al genocida del pueblo español caballero de la Suprema Orden Ecuestre de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo. No se puede pedir mayor desvergüenza religiosa.
Por todo lo cual parece lógico que los honores concedidos por la Iglesia romana al dictadorísimo en vida se le apliquen también a su momia. En consecuencia, de acuerdo con las demostraciones de paternal afecto prodi-gadas por el fascistísimo papa Pío XII, es indudable que la momia debe acabar en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, en donde además debe colocarse una imagen de tamaño natural (para que se vea) en el altar mayor del dictadorísimo con hábito de miliciano de Jesucristo.
Así hará compañía a otra bestia fascista canonizada por la estupidez de los papas, san Josemariaescrivadebalaguer, tan analfabeto que no sabía ni escribir su nombre, fundador de la secta ultraconservadora del Opus Dei, que tiene allí un altar, para deshonra del catolicismo romano. En vida se entendió muy bien con el dictadorísimo, de modo que ahora puede hacerle compañía con todo derecho.
Y todavía lamenta la Conferencia Episcopal Española que los templos estén vacíos, porque la gente huye de ellos como de la antesala del infierno. Lo milagroso es que todavía siga en pie alguno.    

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

Comentarios
Añadir nuevo
goyito   |2019-07-22 12:49:30
como no va a estar agradecida la iglesia católica a Franco, si excepto
reistaurar la Inquisición hizo de todo a su favor
Nombre:
Email:
 
Título:
Código UBB:
[b] [i] [u] [url] [quote] [code] [img] 
 
 
:angry::0:confused::cheer:B):evil::silly::dry::lol::kiss::D:pinch:
:(:shock::X:side::):P:unsure::woohoo::huh::whistle:;):s
:!::?::idea::arrow:
 

3.26 Copyright (C) 2008 Compojoom.com / Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved."

 

El Bueno

EL FEO

EL MALO

UNO QUE PASABA POR AQUI