Por no saber reinar con dignidad

Arturo del Villar

TRIUNFÓ la Gloriosa Revolución el 18 de setiembre de 1868, y la reina Isabel II de Borbón y Borbón cruzó los Pirineos para exiliarse en Francia. No necesitó ponerse a trabajar, sino que compró un palacio en París, al que llamó Palacio de Castilla, en el que vivió ricamente hasta su muerte en 1904. Estableció en él su Corte de los Milagros, porque previsoramente había ido guardando sus ahorros en bancos extranjeros, que es la manera borbónica de entender el patriotismo: trasladar el dinero de la Hacienda Pública y el Patrimonio Nacional a Berna, París y Londres.

La fortuna de los reyes es secreto de Estado, por lo que solamente puede ser conocida por aproximación. La de Isabel II se calcula en unos 13.000 millones de reales de vellón. También se ignora el valor de las joyas de la Corona que le permitieron robar, porque pertenecían a la Corona, no a la reina. El 1 de diciembre de 1869 el ministro de Hacienda, Laureano Figue-rola, denunció en las Cortes Constituyentes que las exreinas María Cristina y su hija Isabel cometieron un “robo doméstico” al llevárselas. En la Gace-ta de Madrid se publicó el día 13 una relación de las joyas.

Claro está que eso es calderilla en comparación con la fortuna amasada por su tataranieto Juan Carlos de Borbón y Borbón: se calcula en 1.800 mi-llones de euros, según las revistas Eurobusiness en 2002, Forbes en 2003, y el diario The New York Times en 2012.

Las fortunas reales se hallan en proporción inversa a la economía de que goza el reino. En octubre de 1868, al exiliarse Isabelona, la Deuda Pública española ascendía a 22.291 millones de reales. En 2014, a la abdicación de Juan Carlos, sumaba 1.041.624 millones de euros, el 100,4 por ciento del Producto Interior Bruto. Esta brutalidad no animó al exrey a reducir su alto nivel de vida, sino todo lo contrario, para escándalo de los países europeos. El prestigioso diario londinense The Times en su edición del 31 de agosto de 2007 ya había criticado “su lujoso tren de vida y su reputación de play boy”, además de censurar que en octubre de 2006, durante una cacería or-ganizada en Rusia, hubiera matado al oso Mitrofán previamente emborra-chado con vodka, lo que representaba un crimen cometido con premedita-ción y alevosía. El monarca español no gozaba de simpatías tampoco en el extranjero.

DESAJUSTES SEXUALES

A los vasallos de la reina católica Isabel de Borbón y Borbón les indigna-ba su incontinencia sexual. Aunque no consumó el matrimonio con su ma-rido y primo por partida doble Francisco de Asís de Borbón y Borbón, alias Doña Paquita, tuvo doce embarazos, de los que se lograron cinco. Se cono-cen los nombres de los engendradores, el más importante el teniente de In-genieros Enrique Puig Moltó, padre natural del que sería rey Alfonso XII, falsamente apellidado Borbón y Borbón, apodado popularmente El Puig-moltejo, que no hubiera podido legalmente reinar por ser hijo adulterino, según el artículo 51 de la Constitución vigente de 1845.

Fue muy generosa con sus amantes, a los que concedía títulos nobiliarios en agradecimiento a su colaboración en el real tálamo. Pero además de es-tos amantes digamos engendradores de hijos, y por eso dignos de figurar en la historia, llevó a su cama a cuantos servidores, guardias reales y paisanos le gustaban para pasar un rato de esparcimiento. No tenía otra cosa en que pensar. Ser rey o reina es un trabajo comodísimo. Lo reconoció Doña Pa-quita cuando le recriminaron que se hubiera casado con su doble prima si le inspiraba asco: “Es que el oficio de rey lisonjea mucho.”

La incontinencia sexual de la gordísima soberana fue uno de los motivos que propiciaron la Gloriosa Revolución. A ello se refería el manifiesto titu-lado simplemente “Españoles”, firmado el 19 de setiembre por siete gene-rales y un brigadier, en el que se explica:

Queremos que las causas que influyan en las supremas resoluciones las po-damos decir en alta voz delante de nuestras madres, de nuestras esposas y de nuestras hijas: queremos vivir la vida de la honra y la libertad.

Era sabido por todos, incluidas las mujeres, que los ascensos en el Ejérci-to isabelero y en la escala administrativa se concedían por haber proporcio-nado una noche de cachondeo a la cachondísima soberana. Bien es cierto que merecían la recompensa, porque demás de su fealdad y gordura, según contaba su zapatero particular, entre las varias sayas y enaguas que vestía se desprendía un olor tan fétido que le hacía perder el sentido cada vez que debía arrodillarse ante ella.

Claro está que eso es una minucia si se compara con las 1.500 barraganas de las que se ha beneficiado su tataranieto Juan Carlos de Borbón y Bor-bón, alias El Putañero. Ese número lo ha calculado a la baja el hispanista británico Andrew Morton en su ensayo Ladies of Spain, y se encuentra en la página 78 de la edición impresa en Madrid en 2013 por cuenta de La Es-fera de los Libros: “aproximadamente treinta al año a partir de los 16 años de edad.” Los doce hijos concebidos por Isabelona eran bastardos, pero los cortesanos fingían no saberlo. A Juan Carlos le reclaman que se someta a una prueba de paternidad un hombre y una mujer que dicen ser bastardos suyos, Albert Solá e Ingrid Sartiau, pero a él no le da la real gana hacerlo. Aunque no parece que sea como presumir ser bastardos de ese hombre. Más bien todo lo contrario.

Lo peor es que el monarca no agradecía a sus compañeras las francache-las con títulos nobiliarios gratuitos, como hacía su tatarabuela, sino con di-nero de los Presupuestos Nacionales del Estado. Encima tuvimos que com-prar a Olghina di Robilant 47 cursilísimas cartas que le escribió por diez millones de pesetas, y a Bárbara Rey los vídeos que le grabó cuando más entretenido estaba por cuatro millones de dólares. En cuanto a su “amiga entrañable” la falsa princesa Corinna zu-Sayn Wittgenstein, es imposible saber el coste de los regalos en joyas que le hizo, pero sí conocemos que en 2013 la Casa del Rey invirtió dos millones de euros del Patrimonio Nacio-nal en arreglarle la finca llamada La Angorilla, cerca del palacio de la Zar-zuela, su nidito de amor madrileño. ¡Salió mucho más barata la Isabelona a sus vasallos, y la expulsaron! ¿Qué tendríamos que hacer nosotros con El Putañero? Pues aguantarnos.  

DESCRÉDITO BORBÓNICO

Los españoles de hace 151 años decidieron que la corrupción de la llama-da Corte de los Milagros isabelera había llegado a hacerse intolerable, y organizaron la Gloriosa Revolución para ponerle fin. El capitán general Manuel Pavía y Lacy, marqués de Novaliches, cumpliendo ordenes de la para él todavía reina, reunió un ejército con el que enfrentarse al revolucio-nario comandando por el general Francisco Serrano y Domínguez, duque de la Torre. El combate duró todo el día 28 de setiembre, y causó 400 muertos y más de 600 heridos, para concluir con la victoria de los revolu-cionarios. Así se produjo el final histórico de la dinastía borbónica en Es-paña, por voluntad del Ejército y del pueblo unidos.

Los revolucionarios no imaginaban otra forma de Estado que no fuese la monarquía. Lo que tenían muy firme es que de ninguna manera podía ad-mitirse que reinara un Borbón, dado el vilipendio de la dinastía. Por eso se pusieron a buscar rey entre las dinastías europeas en las Cortes Constitu-yentes. Ante ellas pronunció el general Juan Prim, uno de los organizadores de la Gloriosa, un discurso que se hizo famoso, conocido como “el de los tres jamases”, el 22 de febrero de 1869. Lo recogió así el Diario de Sesio-nes del Congreso en la parte sustancial:

La historia nos presenta varios casos de reyes que habiendo sido arrojados de sus tronos volvieron a conquistarlos; pero no conozco un solo caso en que los reyes hayan sido despedidos a impulsos de una opinión tan unánime como que bastaron doce días para que no quedara ni un jirón de su bandera; y de ahí parte mi convicción, la más profunda, de que la dinastía caída no volverá jamás, ja-más, jamás. (Bravo, bravo.)

Se equivocó el heroico general, porque un colega suyo traicionó a la pa-tria, al Ejército y a su palabra y restauró la dinastía en 1874. Pero antes fue preciso asesinar a Prim, y lo hicieron el 27 de diciembre de 1870: los cri-minales sabían que mientras él viviera los borbones jamás recuperarían el trono, de manera que lo eliminaron en un atentado muy extraño, porque no interesó investigarlo a fondo. Y los borbones volvieron a reinar ilegalmente gracias a un golpe de Estado, en la persona del Puigmoltejo. Pero con ello no hicieron sino incrementar su descrédito.

Claro está que el desprestigio de Juan Carlos resultaba tan acelerado que el Centro de Investigaciones Sociológicas dejó de preguntar a sus vasallos acerca de la monarquía en sus barómetros mensuales. Debido a ello el dia-rio conservador El País encargó a la empresa privada Metroscopia una en-cuesta, publicada en el número fechado el 7 de abril de 2013, sobre la valo-ración que merecía a los vasallos la forma en que el monarca ejercía sus funciones. El 53 por ciento la desaprobó. Pero no por eso, aunque se refiera a más de la mitad de la población, se organizó otra Gloriosa. Los españoles de hoy pagamos y callamos. A los que se quejan los jueces servilones los acusan de injuriar a la Corona, los multan y los encarcelan, a los que no son tan diligentes como para exiliarse. Así que ya no hay nadie que se atreva a gritar como hace 151 años “¡Viva España con honra! ¡Abajo los borbones!”

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

Comentarios
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Franco de Borbón y Borbón   |2019-09-19 14:19:00
se comprende que el genocida golpista Franco eligiera para heredarle a titulo de
rey a una dinastía degenerda y que reune todos los vicios que puede tener una
persona, eran tal para cuales
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