Neruda en el corazón Recuerdo a los 46 años de su muerte

Arturo del Villar

LOS españoles estaremos siempre en deuda con Pablo Neruda, porque dedicó a España uno de los más excelsos cantos que se han escrito nunca, y porque colaboró activamente para que se trasladasen a la República de Chi-le muchos españoles vencidos en la guerra por el nazifascismo internacio-nal. Llegó a Barcelona en mayo de 1934 como cónsul de Chile, cargo que continuó desempeñando desde el año siguiente en Madrid, de modo que conoció la España libre y feliz de la República proclamada en 1931 tras la huida del rey tirano. Esa España eufórica se transformó en julio de 1936 en un inmenso campo de batalla, a consecuencia de la rebelión de los militares monárquicos contra el Gobierno legal republicano. El mayor poeta épico del siglo XX en lengua castellana se sintió atacado él también por los sublevados y sus patrocinadores nazis alemanes, fascis-tas italianos, viriatos portugueses y catolicorromanos de todo el mundo, que no sólo rezaban por el triunfo de los enemigos del pueblo, sino que re-cadaban dinero en todas sus parroquias por todo el mundo para dárselo a ellos con el fin de que adquiriesen armamento y petróleo.
Pablo Neruda tenía que integrarse entre los milicianos de la cultura que combatían con su pluma y su voz junto al pueblo atacado injustamente por los enemigos de la democracia. El poeta lírico que cantó al amor con versos que todos los enamorados recitan alguna vez en castellano, se transformó en un poeta épico dispuesto a denunciar la tropelía que los militares mo-nárquicos y algunos civiles nazifascistas cometían contra el pueblo sor-prendido por su traición. Y el poeta que supo describir el amor con palabras delicadas para colmar el corazón de los amantes, supo también narrar los horrores de la guerra con palabras denunciadoras de los traidores enemigos de la libertad y de la democracia.

LA POESÍA COMO ARMA

Nueve libros había publicado Neruda hasta 1936. Algunos poemas eran de temática amorosa, pero a menudo con un tono elegíaco en el fondo. Desde La canción de la fiesta (1921) hasta Primeros poemas de amor (1936), con dos títulos estelares en su bibliografía, continuamente reedita-dos en los más variados idiomas, Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) y Residencia en la Tierra (1933), con versos que sue-len estar todos cercanos a la desesperación, en un mundo hostil, porque na-cían de la soledad con ansia de amor y compañía no encontrada. Se expre-saban en un tono retórico a menudo complicado, encubierto por las oscuridades de unas visiones superrealistas.

La guerra librada en España modificó su poética, lo mismo que les suce-dió a tantos otros poetas españoles. Aunque solamente llevaba dos años en España cuando se produjo la rebelión de los militares monárquicos, ya se había integrado íntimamente en la vida cultural española, por la amistad con los poetas componentes del grupo de 27, especialmente con Federico García Lorca y Rafael Alberti. Por eso sintió como cualquier español la agresión nazifascista contra el pueblo en el que había arraigado.
Su poética se alteró a causa de la guerra que le obligó a tomar partido y actuar en ayuda de los atacados. Lo reconoció en varias ocasiones, princi-palmente en el libro que recoge sus memorias, Confieso que he vivido, pu-blicado póstumamente en Barcelona por Seix Barral en 1974; en su página 209 se lee:

A las primeras balas que atravesaron las guitarras de España, cuando en vez de sonidos salieron de ellas borbotones de sangre, mi poesía se detiene como un fantasma en medio de las calles de la angustia humana y comienza a subir por ella una corriente de raíces de sangre. Desde entonces mi camino se junta con el camino de todos. Y de pronto veo que desde el sur de la soledad he ido hacia el norte que es el pueblo, el pueblo al cual mi humilde poesía quisiera servir de espada y de pañuelo, para secar el sudor de sus grandes dolores y para darle un arma en la lucha del pan.  

Su poesía, en efecto, se había detenido en medio de las calles, que enton-ces se hallaban ensangrentadas por la criminal represión llevada a cabo por los rebeldes contra los pacíficos ciudadanos que no quisieron sublevarse. Al tomar conciencia de lo que implicaba la guerra en España, la poesía de Neruda se hizo combatiente, y ya desde entonces se mantuvo junto a los pueblos de cualquier parte del mundo que luchaban por su libertad. Resultó tristemente trágico que en los momentos finales de su vida tuviera que sen-tir otra agresión militar contra el pueblo, y esa vez en su Chile, que iba a quedar sometido a una criminal dictadura semejante a la española: los dos dictadores militares eran amigos y compartían el odio a la libertad.

ENTRE LAS DOS ESPAÑAS

En dos libros de poemas principalmente expuso Neruda su compromiso con España. El primero, España en el corazón (1937), es su contribución a la lucha junto al pueblo atacado, y el segundo, Canto general (1950), de-nuncia las barbaridades cometidas por los conquistadores y los evangeliza-dores españoles en el continente americano. La España que Neruda llevaba en su corazón no era la de los colonizadores dispuestos a despojar a los in-dígenas de sus riquezas, ni la de los frailes fanáticos que les obligaban a convertirse a su religión si no querían ser degollados a su dios inclemente, ni la de los virreyes corruptos, ni la de los terratenientes que mantenían es-clavizados a los negros y a los indígenas, ni la de los militares que se opu-sieron con las armas a la independencia de las colonias americanas deseada por los nativos. Contra esos enemigos de la humanidad gritó en su Canto general con toda la fuerza de su verso torrencial, inspirado por la devoción a las libertades humanas.

Esos españoles que habían ido a las colonias americanas a imponerse so-bre los nativos, era imposible que representasen a la España popular que estaba labrando sus tierras y trabajando en sus fábricas. Los españoles que no se lanzaron a la conquista del oro americano cometiendo toda clase de aberraciones, eran los preferidos por Neruda, los que creen en las libertades humanas sin pretender sobrecargar ni ideas ni creencias a nadie, los deseo-sos de la independencia de los pueblos para que todos vivan en paz. Era la España que descubrió en el pensamiento de sus amigos al llegar en mayo de 1934, aunque no era la oficial, porque en las elecciones de noviembre de 1933 habían triunfado los partidos constitucionales inclinados al fascismo. Con un Gobierno del extremista Partido Radical presidido por Ricardo Samper, con el fascista Salazar Alonso al frente del Ministerio de Goberna-ción, el clima nacional se hallaba enrevesado y presagiaba desgracias.

Los dirigentes de aquella República Española hundida en el llamado bie-nio negro se sentían próximos al espíritu de los conquistadores ladrones y los evangelizadores sectarios de siglos pasados. Era la España negra contra-ria a la democrática. Pese a ello, los amigos de Neruda, todos de ideología izquierdista, le permitieron conocer la España popular partidaria de la de-mocracia y la libertad de los pueblos. Uno de ellos, Federico García Lorca, presentó el 6 de diciembre del mismo 1934 a Neruda en un recital ofrecido en la Universidad madrileña.

Y al Consulado de Chile en Madrid consiguió que le destinaran, instalán-dose en la capital el 3 de febrero de 1935. Su domicilio en la llamada Casa de las Flores, en el barrio señorial de Argüelles, obligado para residencia de un diplomático, fue desde entonces centro de reunión de los poetas, princi-palmente los del grupo del 27 que dominaban el panorama lírico en ese tiempo. Esos poetas quisieron rendirle un homenaje, torpedeado con mu-chos impedimentos, por lo que al final se redujo a la publicación de un fo-lleto de 16 páginas, titulado sencillamente Homenaje a Pablo Neruda, im-preso en abril en los talleres de la editorial Plutarco, que nos hace sentirnos importantes a los que poseemos un ejemplar. Estaba firmado por los poetas jóvenes, pero ninguno de los maestros mayores del momento aceptó acom-pañarlos.


Otros acontecimientos de 1935 fueron su participación en el I Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Pa-rís, del 21 al 25 de junio; la aparición en setiembre de la edición completa de Residencia en la Tierra (1931-1935), hecha en Madrid por Cruz y Raya, y en octubre del primer número de la revista Caballo Verde para la Poesía, dirigida por Neruda: su editorial reclamando “una poesía sin pureza” dio lugar a una polémica muy discutida en el momento, que hoy nos parece in-necesaria. 

EN LA GUERRA ESPAÑOLA

Se hallaba impreso a falta de encuadernación el número doble 5—6 de la revista, cuando el 17 de julio se sublevaron los militares monárquicos en la colonia de Marruecos, y de allí se extendió a España. Se rebelaron contra esa España popular admirada por Neruda, deseosos de volver al antiguo régimen con sus diferencias clasistas. Inevitablemente Neruda simpatizaba con la izquierda, aunque su cargo consular de Chile le obligaba a ser dis-creto en la exposición pública de sus preferencias. Hasta que la rebelión militar le incitó a declararse a favor del pueblo agredido y en contra de los agresores, que por ello eran también sus enemigos. Y así se enderezó el rumbo de su poesía hacia un compromiso político que la marcaría ya hasta el final. Años después, en la primavera de 1967, Román Karmén entrevistó a Neruda en Moscú, y el poeta le contó sobre aquellos días:

Fui testigo de la grandiosidad de la lucha popular que comenzó, oí los tiros y vi al pueblo armado. Toda la población de Madrid se alzó a la lucha, a ayudar a la República a cumplir su sagrada misión por el pueblo. […]
Esos años cambiaron absolutamente mi vida. Hasta entonces yo había sido bastante indiferente a la política, pero a partir de esa época, tanto en España como en mi país, desde entonces y hasta hoy combato abiertamente contra el fascismo y contra la violencia y contra la guerra.

La entrevista se encuentra en el volumen titulado Pablo Neruda: poeta y combatiente, de varios autores, impreso en Moscú por cuenta de la Acade-mia de Ciencias de la Unión Soviética en 1984, y la cita en las páginas 17 y siguiente.
De modo que fue la guerra en España la causante del cambio en su poéti-ca, que le convirtió en el principal poeta épico del siglo XX. Su compromi-so por uno de los dos bandos, el que combatía contra los militares monár-quicos sublevados y sus colaboradores nazifascistas internacionales con las bendiciones de la Iglesia catolicorromana, motivó su destitución como cón-sul. Libre de obligaciones, se trasladó a París con el propósito de explicar lo que sucedía en España ante quienes preferían practicar la desvergonzada política de No Intervención. Consideraba la guerra cosa suya, por lo que debía intervenir de algún modo en el conflicto.

Al mismo tiempo comenzó la escritura del libro que iba a marcar la dis-tinción de su poética de la lírica a la épica, pasando de los versos de sole-dad a los de compromiso: España en el corazón, inicio de la poesía neru-diana al servicio del pueblo considerado como la humanidad entera. Desde entonces el pueblo estará evocado en sus poemas como un referente im-prescindible que marca una evolución inspiradora total, obligada a tener en cuenta para entender su significado. Hasta la guerra su poesía era de solita-rio, expresaba sus sentimiento personales, y tras aquel desagarro bélico, al ver la muerte y la destrucción causadas por los militares rebeldes, su poesía buscó y encontró la manera de comunicar el sentir popular, de forma que los silenciados de cualquier país del mundo hallaran en sus versos la expre-sión de sus sentimientos libertarios.

Puso su poesía al servicio de la República Española, y cuando resultó vencida por la superioridad armamentista del nazifascismo internacional y el silencio cómplice de todas las naciones supuestamente democráticas, sal-vo la Unión Soviética y los Estados Unidos de México, la entregó al servi-cio de la Revolución Comunista, ya de manera definitiva.

SIEMPRE CON EL PUEBLO

En París continuó la defensa de pueblo víctima de la invasión, con un gran espíritu combativo. El año 1937 resultó especialmente dinámico en la ampliación de la propaganda. En enero participó en un homenaje a Federi-co García Lorca, asesinado por los militares sublevados, que se celebró en la Salle Poissonnière, junto con Robert Desnos y Jean Cassou. En abril fundó con el poeta peruano César Vallejo el Grupo Hispanoamericano de Ayuda a la República Española, que editó un boletín semanal, Nuestra Pro-testa. Otro boletín artesanal lo imprimió en el chalé en donde residía la mi-llonaria británica Nancy Cunard, amiga de los revolucionarios: aparecieron seis números con ocho páginas cada uno, el primero titulado en castellano y los restantes en francés, con esta portada que es en realidad un manifiesto político--poético en el primero:

LOS POETAS DEL MUNDO DEFIENDEN AL PUEBLO ESPAÑOL
Madrid será la tumba del Fascismo Internacional.- Escritores: combatid en vuestra patria a los asesinos de Federico García Lorca.- Pedimos dinero, ali-mentos, ropa y armas para la República Española.- No pasarán.
Número uno.- Compuesto personalmente a mano por Nancy Cunard y Pablo Neruda.- Todo el producto de la venta irá en ayuda del pueblo español.

En este primer número se insertó un poema de Neruda, “Canto sobre unas ruinas”, que es un fragmento de España en el corazón. 
Firmó en el mes de junio un comunicado dirigido a los intelectuales bri-tánicos, en el que les explicaba que frente a la guerra en España no se podía permanecer neutral, que era preciso elegir entre dos opciones, la República o el fascismo. Precisamente el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte y la República Francesa eran las dos naciones inventoras del fatí-dico Pacto de No Intervención, fingiendo que ignoraban la de Alemania, Italia, Portugal y el presunto Estado Vaticano en apoyo de los rebeldes. Ya que era inútil intentar convencer de esa realidad demostrada a los políticos, se dirigía a los intelectuales, para que ellos alertasen a sus conciudadanos. Una buena intención inútil por desoída.

En julio volvió a España para participar en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, inaugurado en Valencia el día 4 por el presidente del Gobierno, Juan Negrín. Después volvió a París para asistir a las sesio-nes finales, en las que se eligió un secretariado internacional del que for-maban parte Neruda, Rafael Alberti y José Bergamín, entre otros.

Regresó a Chile el 10 de octubre de 1937, en donde continuó su defensa de los milicianos españoles en su justa lucha. El día 12 participó en un acto organizado por el Frente Popular de Chile, en solidaridad con la República Española, y el 7 de noviembre se fundó la Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura, de la que fue elegido presidente: en su dis-curso de aceptación se declaró combatiente del pueblo español contra el fascismo.

Su defensa de la República culminó con uno de los más sentidos, y por ello grandiosos poemarios compuestos por él, España en el corazón. Indica el colofón de la primera edición: “Este libro fue comenzado en Madrid, 1936, y continuado en París y en el mar, 1937.” Es histórico por contener un gran canto a la República Española, y por marcar el cambio en la poéti-ca de Neruda. Por eso todo español debe leerlo.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

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