Un golpista no es jefe de Estado

Arturo del Villar

COMO era previsible, los medios de comunicación vinculados a la ex-trema derecha han vociferado contra la decisión del Tribunal Supremo co-nocida el 24 de setiembre de autorizar la exhumación de la momísima co-rruptísima del dictadorísimo de su actual faraónico emplazamiento en Cuelgamuros. Son fascistas por ser ignorantes, eso se comprende. El diario madrileño ultraconservador La Razón afirma este 25 de setiembre que la mujer y la hija del dictadorísimo están enterradas en el cementerio de Min-gorrubio, al que se quiere llevar la momísima desde Cuelgamuros.

Son tan neciamente incultos que ni siquiera saben lo relacionado con sus devocio-nes, porque Carmen Franco Polo está enterada en la cripta de la catedral de Nuestra Señora la Real de la Almudena, junto a su marido.

Uno de los argumentos en el que coinciden para reclamar que no se mue-va a la momísima es que se merece un respeto histórico por haber sido en vida jefe del Estado español. No vale, porque su nombramiento fue hecho en plena guerra por los militares monárquicos sublevados contra la legiti-midad republicana aprobada libremente por el pueblo. Apareció en el Bole-tín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España, número 32, impre-so en la sublevada Burgos el 30 de setiembre de 1936, y carece de toda validez legislativa por ser obra de unos militares traidores a España, al Ejército, al pueblo español y a su palabra.

Existen diversas modalidades de golpes de Estado, aunque lo habitual es que concurran en ellos la violencia para cambiar un Gobierno, sea obra de civiles o de militares, pero principalmente de uniformados, por ser quienes controlan las armas. El rey perjuro Alfonso XIII dio un golpe de Estado pa-latino el 13 de setiembre de 1923, al suspender la Constitución que en 1902 había jurado guardar y hacer guardar, y designó dictador a un militar de su confianza para que protegiera su reinado corrupto.

Jugaba con la ventaja de saber que el rey de Italia Víctor Manuel III había designado jefe del Gobierno al fascista Mussolini el 30 de octubre de 1922, lo que fue aceptado por el resto de los países. Puesto que ambos golpes de Estado los promovían los mismos reyes, a los dirigentes demócratas del mundo no les inquietó la noticia, y así el fascismo arraigó en el Sur de Eu-ropa, lo que traería consecuencias nefastas para el mundo entero en 1939.

LA SUBLEVACIÓN EN ESPAÑA

Tres años antes en España propició la rebelión de los militares monárqui-cos nostálgicos del antiguo régimen, ayudados en el interior por los varios grupos ultraconservadores legalizados, y desde el exterior por los cuatro Estados totalitarios europeos, Alemania, Italia, Portugal y el Vaticano.   Debido a esas circunstancias políticas la designación de jefe del Estado es-pañol por los militares golpistas iniciadores de la guerra no fue aceptada más que por esos cuatro Estados anómalos en Europa.

A pesar de esa reali-dad, las naciones supuestamente democráticas firmaron un Pacto de No In-tervención en España, y abandonaron a la República legítima a su suerte. Creen los historiadores que lo hicieron por no indisponerse con los agresi-vos países totalitarios, especialmente el dirigido por el enloquecido Führer alemán elegido democráticamente por la mayoría del pueblo, aunque la tác-tica les falló y a final tuvieron que declararle la guerra en setiembre de 1939 para no seguir tolerando sus agresiones continuadas.

Las instituciones legítimas de la República Española mantuvieron su ac-tividad en el exilio. Terminada la guerra mundial con la derrota de los paí-ses totalitarios, los republicanos españoles se esforzaron en recordar a los demás países que el régimen político implantado en España estuvo auspi-ciado con militares y armamento por los vencidos, y en consecuencia no era admisible su pervivencia.
Todo el mundo lo sabía, porque la guerra en España se convirtió en obje-to de debate, al enfrentarse dos sentimientos opuestos, por un lado el pue-blo indefenso agredido, y por otro el fascismo provocador que anunciaba su intención de dominar el mundo entero. Por eso hombres y mujeres demó-cratas de muy diversos países vinieron a colaborar con los milicianos en su justa lucha por la libertad.

POR LA LIBERTAD DE ESPAÑA

La Junta Española de Liberación, constituida en los Estados Unidos de México el 25 de noviembre de 1943 por partidos republicanos exiliados, tuvo como función destacada lo que su nombre indicaba, contribuir a ter-minar con la dictadura criminal desde el exterior, ya que en el interior la sanguinaria represión policial lo hacía imposible. Una de sus primeras acti-vidades consistió en dirigir un largo y muy documentado memorándum a la opinión pública internacional el 26 de mayo de 1944, en respuesta a un dis-curso pronunciado dos días antes por Winston Churchill en la Cámara de los Comunes, en el que declaró que “Los problemas de política interior de España sólo conciernen a los españoles”, como una actualización del cri-minal Pacto de No Intervención acordado durante la guerra. Del memorán-dum merecen recordarse estos párrafos:

En los campos españoles, regados con sangre querida, fraguó Hitler, en com-plicidad con Franco, la guerra mundial que ha obligado al pueblo inglés a tan-tos sacrificios por la ceguera de sus gobernantes de entonces. […] denunciamos la maniobra internacional que se trama para dejar subsistentes en Europa focos de tiranía y fascismo como el que representa Franco. […]  
La guerra empezó en España, y sólo cuando España recobre su libertad podrá decirse que ha terminado. Sólo con el aliento espiritual de los pueblos herma-nos, el español procederá por sus propios medios a destruir la tiranía implanta-da en su territorio mediante el apoyo material de Hitler y sostenida ahora me-diante el apoyo moral que inesperadamente se le dispensa.
El hecho de que Churchill no abandonara su idea de utilizar al dictadorí-simo español como gendarme para vigilar el Mediterráneo cuando termina-se el conflicto internacional, le sirvió de escudo protector. De todos modos, el Reino Unido de la Gran Bretaña apoyó desde el principio a los militares monárquicos sublevados, porque se lo pidió al rey su prima la exreina de España. Por eso propició el ignominioso Pacto de No Intervención. 

EL DICTADORÍSIMO PRESUNTUOSO

Otro memorándum bien argumentado, muy importante por su contenido aclaratorio de la realidad española, impreso en castellano, francés e inglés, fue presentado por la Junta Española de Liberación en la Conferencia de San Francisco encargada de redactar la Carta de las Naciones Unidas, el nuevo organismo pensado para sustituir a la ineficaz Sociedad de Naciones. Debiera figurar en todos los libros de historia, porque analiza las conexio-nes de la dictadura española con los países totalitarios durante la guerra en la que se derrotó a los milicianos republicanos, y en los años siguientes. Por ejemplo, cita el discurso pronunciado por el dictadorísimo el 8 de diciem-bre de 1942 ante el Consejo Nacional de Falange Española de las JONS:   

Las revoluciones alemana, italiana y española son fases del mismo movi-miento general de rebelión de las masas civilizadas del mundo contra la hipo-cresía y la ineficacia de los sistemas viejos. Cuando termine la guerra y princi-pie la desmovilización, llegará el momento de arreglar cuentas, de cumplir promesas, y el destino histórico de nuestra era se llevará a la práctica, bien por la forma bárbara del bolchevismo totalitario, o por la forma patriótica, espiri-tual, que España y cualquier otro de los pueblos fascistas ofrecen al mundo.      

Resultaría gracioso, si no fuera trágico, leer que el dictadorísimo conside-raba al bolchevismo un movimiento totalitario, y al fascismo una forma es-piritual. Todavía el 8 de diciembre de 1942 confiaba en la victoria alemana, pese a que en una de las batallas más importantes de la historia, librada en Stalingrado, el Ejército Soviético estaba derrotando en esos mismos días al 6º y al 4º ejércitos nazis, operación final culminada el 2 de febrero de 1943 con la épica victoria del pueblo ruso.

UNA ENMIENDA  ATINADA

La Conferencia que crearía la Organización de Naciones Unidas decía que “El organismo estará abierto a todos los países amantes de la paz”, una  expresión ambigua que la Junta quiso matizar, para cerrar el paso a la Es-paña dictatorial, y propuso que se añadiera a ese párrafo “cuyo régimen no se hubiera establecido con la cooperación militar de Estados que combatie-ron a las Naciones Unidas”. La Junta se dirigió a todas las delegaciones asistentes, para recordarles cómo se había constituido el régimen imperante en la España mártir.
Dado que la dictadura española no estaba invitada a la Conferencia, y la Junta Española de Liberación carecía de reconocimiento internacional, la delegación mexicana se encargó de defender la enmienda el 19 de junio de 1945. Explicó la intervención nazifascista en la guerra librada en España para dar la victoria a los militares monárquicos sublevados con abundantes noticias, y aseguró que sería irónico que la derrota de las potencias totalita-rias en la guerra mundial permitiera al último vestigio del Eje entrar en una organización creada para garantizar la paz. La propuesta quedó aprobada por aclamación, como párrafo 1 del artículo 4 del capítulo 2 de la Carta.
La Carta de las Naciones Unidas quedó aprobada el 26 de junio de 1945. Por lo tanto, no era posible que el dictadorísimo fuese reconocido como un jefe de Estado legal.
En el mismo sentido se pronunciaron los dirigentes de las tres grandes potencias vencedoras de la guerra reunidos en Potsdam (Alemania) en julio y agosto de 1945. Por recomendación del secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Stalin, sus colegas el presidente nortea-mericano Truman y el jefe del Gobierno británico Attlee acordaron excluir al régimen fascista español de todos los organismos internacionales.       

NUNCA CON EL DICTADORÍSIMO

Los tres gobiernos firmaron el 5 de marzo de 1946 la conocida como “Nota tripartita”, en la que explicaban a la opinión pública internacional que despues de analizar la situación de España concluían:

Han reconocido que en tanto el general Franco continúe gobernando en Espa-ña el pueblo español no podrá contar con una colaboración cordial y completa con las naciones del mundo que, por su común esfuerzo, han provocado la de-rrota del nazismo alemán y del fascismo italiano que han ayudado al régimen español actual a acceder al poder, y sobre los cuales este régimen ha tomado modelo.

Pese  a ello, la nota aclaraba que las tres potencias no tenían intención de intervenir en España, porque opinaban que “El pueblo español debe, a fin de cuentas, fijar su propio destino”, como si eso fuera posible en una dicta-dura que detenía, torturaba y fusilaba a quienes disentían de las consignas del régimen, que controlaba todos los medios de comunicación con una censura férrea, y que contaba con unas fuerzas represoras muy fieles a la dictadura, incluida la siniestra Policía Secreta que vigilaba de paisano cuan-to se hacía o se decía, y detenía a cualquier persona que considerase des-afecta al sistema. Solamente los que sufrimos el terror de la dictadura po-demos comprender que el pueblo encarcelado en la inmensa prisión fascista   estuviera sumiso y callado tanto tiempo. Los osados que intentaban cual-quier medio de oposición terminaban siempre trágicamente. Y hay quien considera un jefe de Estado al dictadorísimo asesino del pueblo.
Más contundente, pero también ineficaz para terminar con aquel sistema asfixiante del pueblo fue la Resolución 39(I) aprobada por la Asamblea General de la ONU el 12 de diciembre de 1946, que estipuló: 

La Asamblea General,
Convencida de que el Gobierno fascista de Franco en España, fue impuesto al pueblo español por la fuerza con la ayuda de las potencias del Eje y a las cuales dio ayuda material durante la guerra, no representa al pueblo español, y que por su continuo dominio de España está haciendo imposible la participación en asuntos internacionales del pueblo español con los pueblos de las Naciones Unidas; […]
Recomienda que todos los miembros de las Naciones Unidas retiren inmedia-tamente a sus embajadores y ministros plenipotenciarios acreditados en Ma-drid.

Lo hicieron, con alguna excepción notable, como la República Argentina sometida a la dictadura del presidente Perón. No sirvió para nada la medi-da. El dictadorísimo continuaba viviendo tranquilo en su palacio, protegido por la Guardia Mora, sin inmutarse porque sabía que las fuerzas represoras detenían a los patriotas discrepantes con el régimen, y a los guerrilleros que intentaban derribarlo por la fuerza de las armas. Las ejecuciones motivaban repulsas internacionales, con manifestaciones en diversas ciudades, pero el dictadorísimo no se turbaba. Tenía razón, porque acabó muriendo de viejí-simo mientras media España oraba clamando por su recuperación, con los cardenales y obispos al frente en unas jornadas esperpénticas solamente po-sibles en la España negra inmortal.
Esta nota no puede pretender examinar todas las condenas internacionales del régimen fascista hasta su aceptación internacional. Su única motivación es demostrar que el dictadorísimo no debe ser considerado un jefe de Esta-do, puesto que recibió la condena unánime de las naciones democráticas y de los organismos que las representan. Por eso no merece otro tratamiento que el de asesino del pueblo, por su rebelión contra la República legalmen-te constituida, por la inicua guerra que organizó, y por la feroz represión llevada a cabo contra sus detractores. No jefe, sino criminal de Estado. Es el personaje más siniestro de la siniestra historia de España.

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO  

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