Un patinazo histórico de nuestro rey Felipe

Arturo del Villar

SU majestad el rey católico nuestro señor, que Dios guarde muy bien guardado, inauguró este 30 de setiembre el curso universitario 2019—2020 en el paraninfo de la Universidade da Coruña, leyendo el discurso que le facilitó el escriba de servicio. Debía de ser un escriba o muy ignorante o muy mal intencionado, porque le hizo evocar a la Institución Libre de En-señanza, un reducto antimonárquico que prohibió la entrada a su bisabuelo Alfonso XIII, y se distinguió siempre por defender las ideas democráticas características de la República y negadas por la monarquía.

El escriba le obligó a leer a su majestad que “A finales del XIX, la Insti-tución Libre de Enseñanza echó a andar con un catálogo de principios a los que se proponía ser fiel”. Precisamente la ILE fue creada el 10 de marzo de 1876 por un grupo de profesores universitarios, expedientados por negarse a acatar el real decreto que imponía la censura gubernativa de cátedra, pre-sentado por el ministro de Fomento, el ultrafundamentalista Manuel de Orovio, apodado muy justamente Oprobio.

La persecución a los catedráticos sucedía en marzo y abril de 1875, a po-co de restaurada la dinastía borbónica en la persona del llamado inadecua-damente Alfonso de Borbón y Borbón, que constitucionalmente no podía reinar por ser hijo adulterino de la golfísima Isabel II de Borbón y Borbón y de uno de sus incontables amantes, Enrique Puig Moltó. En realidad el traidor general Martínez Campos, al dar un golpe de Estado contra la Re-pública en Sagunto el 29 de diciembre de 1874, no restauró la dinastía bor-bónica, sino que instauró la dinastía puigmolteja. Los historiadores lo sa-ben, pero hacen como que lo ignoran. Todo lo que sucedió desde ese fatídico día fue ilegal, hasta que el pueblo recuperó la legalidad al procla-mar la República el 14 de abril de 1931.

BORBONICIDIO LIBERTARIO

La traición de Martínez Campos impuso la monarquía de Alfonso XII, pero el sentimiento republicano permanecía en la conciencia de muchos españoles, y desde luego en la Universidad. Para intentar extirparlo el mi-nistro Orovio, fiel lacayo de su real amo, impuso la censura gubernativa en las cátedras, con la finalidad de impedir que se explicasen ideas contrarias a la monarquía y a la doctrina catolicorromana. Los profesores rebeldes a aceptarla fueron separados de sus cátedras, expedientados, encarcelados, deportados y multados, con privación de empleo y sueldo y de todos los derechos inherentes al ejercicio de la profesión. La monarquía borbónica ha seguido y sigue las pautas marcadas por el genocida Fernando VII: los opo-sitores deben ser exterminados por cualquier método.

Entre los expedientados se encontraban personalidades tan ilustres como Nicolás Salmerón, el que fuera presidente del Poder Ejecutivo de la Repú-blica; Gumersindo de Azcárate, Augusto González de Linares o Laureano Calderón. También don Francisco Giner de los Ríos, que el 1 de abril de 1875 fue encerrado en una mazmorra del castillo de Santa Catalina en Cá-diz, una prisión militar para un profesor universitario incapaz de hacer nin-gún mal, hasta el punto de ser equiparado con su tocayo de Asís. La dinas-tía borbónica ha sido siempre una tiranía. El día 23 Salmerón le escribió desde Lugo, en donde se hallaba confinado, una carta en la que le decía: “¡Es la cárcel un lugar tan insano, por más que honra en tales ocasiones ocuparla!” Eso mismo debe de ser lo que piensan los encarcelados ahora bajo la acusación de injuriar al rey. 

Don Francisco Giner de los Ríos.

Los catedráticos expedientados acordaron crear la ILE para desarrollar su vocación de pedagogos, en una institución privada ya que se les impedía ocupar la cátedra meritoriamente ganada en la Universidad estatal. Cuando la ILE se trasladó en 1884 a su tercer domicilio madrileño, en el paseo del Obelisco, don Francisco instaló allí su domicilio particular, junto con sus dos discípulos más íntimos, Manuel Bartolomé Cossío y Ricardo Rubio y Álvarez de Linera, acompañados éstos por sus esposas e hijos respectivos.
En principio la dirección urbanística de la ILE era paseo del Obelisco, 8, pero después la numeración se cambió al 14 por exigencias de nuevas edi-ficaciones. Actualmente el paseo lleva el nombre del traidor general Martí-nez Campos, homenajeado también con un grandioso monumento en el parque del Retiro. Es un escarnio borbónico. Ese paseo debiera llevar obli-gatoriamente el nombre de don Francisco Giner de los Ríos, pero no es po-sible porque era republicano. 

PROHIBIDOS LOS REYES

Por el despacho de don Francisco pasaron todos los intelectuales con al-guna repercusión en aquel tiempo, lo mismo profesores que poetas, cientí-ficos que novelistas. Buscaban el consejo amable y ponderado del conocido como el Sócrates español, aunque éste dejase una importante obra editada. En cambio, nunca pudo traspasar el umbral de la ILE el rey Alfonso XIII. Lo cuenta Alberto Jiménez Fraud, uno de los más próximos discípulos de don Francisco, quien lo eligió en 1910 para que creara y dirigiese uno de los organismos derivados de la ILE, la Residencia de Estudiantes, en su Historia de la Universidad española.

De acuerdo con su relato, y con documentos complementarios, el tirano presuntuoso preguntó a su pintor de cámara, Joaquín Sorolla, muy amigo de don Francisco, qué era eso de la ILE, de la que había oído hablar elogio-samente. El pintor añadió su propia alabanza, y el monigote coronado le encargó que anunciase al director del centro su real deseo de visitar las ins-talaciones. Suponemos la incomodidad de Sorolla cuando don Francisco le comunicó su rotunda negativa a permitir la entrada en aquel recinto dedica-do a enseñar en libertad al representante de la monarquía saguntina impues-ta por un golpe de Estado militar, sin consultar al pueblo su preferencia.

Cohibido y atemorizado, el pintor se vio obligado a decirle a su emplea-dor que tenía prohibida la entrada en el local en donde se alojaban las liber-tades populares. El déspota en encolerizó, y le ordenó a su sumiso pintor de cámara que anunciara a los institucionistas su real visita para determinado día. Se iban a enterar de quién mandaba en España. Venirle con prohibicio-nes a él, que podía mandar fusilarlos a todos si le daba la real gana, porque tenía la seguridad de ser obedecido por sus servilones militares, como la historia demuestra. Todavía faltaban unos años para que él mismo organi-zase el golpe de Estado fascista en 1923, para reinar sin Cortes con un dic-tador militar a su medida, pero su ideología se hallaba bien definida ya en-tonces. Apuradísimo, Sorolla cumplió su encargo, y quedó más apurado todavía cuando le escuchó decir a don Francisco:

--La Institución tiene dos puertas, y cuando su majestad nos haga el honor de llamar a una de ellas, yo saldré por la otra.

De modo que el amo de las vidas y haciendas de sus vasallos no se atre-vió a poner sus reales botas militares en aquel reducto de libertad, en el que se enseñaba a los alumnos a respetar la independencia del pensamiento, sin acatar las órdenes del altar y el trono cuando se enfrentaban a la conciencia. Aquel hombre menudito, calvo, delgado, de aspecto insignificante, demos-tró ser más poderoso que el autócrata opresor del pueblo español.

UNA HERENCIA REPUBLICANA

Tras la muerte de don Francisco el 18 de febrero de 1915 se encargaron los discípulos de continuar su obra. La enseñanza del maestro fructificó en las mentes de quienes convivieron con él y observaron su comportamiento intachable. Su ideario republicano era compartido por todos. Al proclamar-se en 1931 la República Española se propuso a Manuel Bartolomé Cossío que presentara su candidatura en las elecciones generales del 28 de junio por la conjunción republicano—socialista, y resultó elegido. Lo que recha-zó fue que se le postulase como presidente de la República, debido a en-contrarse gravemente enfermo, inválido a temporadas. La historia de Espa-ña probablemente sería muy distinta de como lo es si hubiera podido asumir la presidencia.

En 1934 fue proclamado ciudadano de honor de la República. Cuando falleció el 2 de setiembre de 1935 el Gobierno quiso organizar un entierro solemne, pero su hija Natalia se opuso, porque deseaba cumplir las instruc-ciones que le había dado: un entierro sencillo e íntimo, en el antiguo Ce-menterio Civil, entonces llamado Municipal porque la República puso fin a la separación entre muertos catolicorromanos y los restantes.
Por su significado como centros laicos de libertades públicas, al triunfar    en 1939 los militares monárquicos sublevados, se incautaron de las instala-ciones de la ILE y de la Residencia de Estudiantes, y se las entregaron a la secta diabólica del Opus Dei. Los esbirros del nazionalcatolicismo se dedi-caron a borrar cualquier vestigio, físico o intelectual, de lo que representaba la ILE. Uno de sus numerarios, que llegó a ministro, organizó la quema de la valiosísima biblioteca de la ILE, en la que además de libros de alto inte-rés científico y cultural se encontraban los ejemplares dedicados a don Francisco por sus autores, las primeras figuras de la inteligencia europea.

Sin embargo, la dictadura respetó las instalaciones requisadas, utilizándo-las para su uso, lo mismo que hizo con el Ateneo, con el Lyceum Club, y con todas las organizaciones consideradas izquierdistas, y por ello contra-rias al fascismo. En cambio, la monarquía del 18 de julio instaurada por el dictadorísimo ha culminado su obra destructiva de la inteligencia derriban-do los edificios de la ILE cargados de historia y de cultura. La disculpa empleada ha sido que eran viejos. Según esa explicación, en cualquier mo-mento será derribada la Alhambra de Granada, que es mucho más vieja.
Lo más gracioso es que su majestad el rey católico nuestro señor, que Dios guarde, cite a la ILE en la lectura de un discurso, cuando fue un re-ducto republicano contrario a la borbonería. Pero él qué sabe de historia.  

ARTURO DEL VILLAR
PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

Comentarios
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Basi   |2019-10-02 15:38:56
la cultura del piernas debe ser bastante limitada, tanta academia militar.....
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